BIENVENIDA

Presencia.

Sólo estando presente puedes hacerte a la idea de lo que es vivir la misión: experiencia.

Nuestra vida misionera es presencia, oración y acción.

En este nuevo espacio queremos compartir nuestra vocación misionera “desde el corazón de la misión”, desde los lugares donde nos encontramos y a través de las experiencias que vivimos. Pretendemos dar a conocer nuestra vocación específicamente misionera y cómo se traduce esto en el hoy de nuestras vidas: acercar un poco esa realidad que palpamos en primera línea de misión, cada día: India, Perú, Colombia, Congo, Tchad, Haití, Camboya, Marruecos e incluso España.

Desde ya os damos la bienvenida y os invitamos a adentraros con nosotras a este otro mundo repleto de vivencia y sobre todo, repleto de rostros que reclaman ser conocidos, contemplados, escuchados y acompañados, de corazón a corazón desde el corazón de la misión.

CONTEMPLACIÓN

Os invitamos a un nuevo espacio, el de la oración-contemplación. A través de algunos textos, pongamos los ojos en el señor de la vida, que tras invitarnos a estar con Él, nos lanza a los hermanos.

Lc 6, 12-19
Llevo un tiempo siguiéndote, caminando contigo, Señor. Fue un día, estaba en el río, lavando mis ropas, las ollas… Pasaste por ahí, por la orilla. Ibas con más gente. Algo  en ti llamó mi atención, me deslumbró, sólo con verte: me enamoré de ti, sin conocerte, ¡nada!
Y me miraste, reparaste en mí, te acercaste y conversaste conmigo. No me defraudó mi primera impresión. Me sedujiste, Señor, completamente… ¿quién eres?
“Ven conmigo”.
Desde entonces te sigo dondequiera que vas. Te sigo ciegamente, sin conocerte, pero queriendo saber de ti. Quisiera sumergirme en ti, conocer cada rincón de tu interior.
Pero generas discordia  y confusión a tu alrededor, además de seguimiento. Son muchos los que se acercan a ti. Al igual que yo, han visto que eres diferente. Sanas y repartes amor allá donde vas. ¿Quién eres? ¿Qué eres?
El último día vivimos gran tensión, en la Sinagoga, con ese hombre tullido. Lo sanaste, pero era sábado, y se revolucionaron las autoridades.
Siento temor; la cosa se está poniendo fea y es un riesgo seguirte, pero te miro y al hacerlo todo el temor desaparece… ¿cómo podría no seguirte? ¿cómo dejar de amarte? Sólo tengo ojos para mirarte. Sólo quiero mis ojos para contemplarte.
También a ti te afectan estas cosas. Quedaste preocupado, se te veía pensativo y algo…triste. Desapareciste de noche. Fuiste al monte, solo. Hubiese querido ir contigo, pero te contemplé de lejos.
Me duele verte sufrir.
Fuiste a orar. Cada vez que ha sucedido algún conflicto, te has ido a orar, a conversar con tu padre Dios. Así lo llamas, tu padre Dios.
Pasaste toda la noche en oración. Me preguntaba qué le dirías a tu padre Dios y en silencio, en la distancia, te esperaba. Tampoco yo dormía.
Imaginaba cómo hablarías con tu padre. Estabas preocupado. Eso le contarías. ¿qué hacer? Si respetas la Ley, el sábado, pureza y demás, ¡hay tanta gente que sufre! Pero si sanas y obras tu poder, te ganas enemigos -¡y cada vez son más!-. La envidia los lleva y pierden su poder ante ti.
¿Qué estarás pensando? ¿Seguir? ¿Retirarse? ¡No te retires, por favor! Te necesitamos. No puedes dejarnos ahora. Ya no puedo regresar a lo de antes. No, como si nada hubiera ocurrido. Si te marchas ahora, tu recuerdo morirá contigo. ¡No te vayas, Jesús! ¡Ojalá tu padre te pida que te quedes con nosotros! ¡Yo te acompañaré y te defenderé…!
Espero ansiosa, nerviosa, preocupada. Sé que este momento es importante. Te juegas todo, y nosotros contigo. Que tu padre, Dios, ilumine los ojos de tu corazón. ¡No nos dejes! Te necesito y muchos como yo, también te necesitan.
Amanece ya y todavía no te veo…
¡Ahí vienes! Caminas con ánimo y fuerza. ¿Qué habrá sucedido? Estás fuerte, alegre, bien. Desbordas energía y amor. Estás en ti.
Vas llamando a los más cercanos: “Pedro, Santiago, Juan,…”, finalmente, también me llamas a mí, me llamas por mi nombre, me dices que vaya contigo.
Siento que el corazón se me sale del pecho por la emoción y la alegría.
Nos hablas, nos llamas “escogidos”, “enviados”. Tus palabras desbordan energía, fuerza y casi diría que están envueltas en luz.
¡Nunca te había visto así hasta hoy!
Estás como resplandeciente, alegre; nada ni nadie te puede detener hoy. Tienes toda tu fuerza en ti. Nos transmites tu estado, contagias. Me contagio de ti. Mi ánimo desborda y el amor me cubre por completo.
Descendemos contigo, ¡casi que corremos! Toda esa gente esperando, también captan algo en ti. Hoy estás…no sé, radiante, algo sale de ti que parece sanar y revivir a quien lo necesita.
Todos quieren tocarte, rozarte siquiera, porque perciben que hay vida en ti. ¡Das vida!
Caminas a paso rápido y todos te seguimos. Conversas, animas. Hoy iríamos al fin del mundo si tú nos lo pidieras. ¡Es tal la fuerza que sale de ti!
Sanas. Me has sanado en mi interior. Te has llevado las pesadillas que me angustiaban y me has llenado de ti.
¿Quién eres, Señor?